“Recursos Humanos”
En “Recursos Humanos”, García Ángel narra la historia de Osorio, jefe del departamento de recursos humanos de una empresa kafkiana. Sofocado por la monotonía de su oficina laberíntica y su aburrido matrimonio, Osorio encuentra consuelo en su propio poder de observación cáustico y satírico, así como en el juego de su imaginación exuberante y procaz.
Como para duplicar esos saltos mentales, de tanto en tanto, García Ángel intercala la historia de Osorio con capítulos de ingeniosos comentarios. Los ingredientes a los que echa mano el autor dan la medida de su capacidad para contar historias trascendentales, dosificadas por el humor y la convivencia que generan los escenarios descriptos,como la oficina, la casa y otros lugares cotidianos.
Fragmento de “Recursos Humanos”
Capítulo 1 (fragmentos)
Los pensamientos de Ricardo Osorio se habían encarrilado en el tic tac. Miedos, sueños, culpas que a veces venían en caminata o maratón, a menudo se sincronizaban con el mecanismo del reloj de pared y adoptaban el tempo de un desfile marcial. Llevaba un rato acordándose obsesivamente de las tetas de Ángela tic el tacto de las tetas de Ángela tac el sabor de las tetas de Ángela tic los pezones de Ángela tac cuando se endurecen los pezones de Ángela tic cómo se sienten con el dedo los pezones de Ángela tac cuando les paso la lengua tic las tetas redonditas de Ángela tac eso es lo que me va a dar ánimo para decirle tic sus hermosísimas tetas tac voy a pensar en ellas cuando le diga tic o mejor le digo cuando esté desnuda y así se las miro tac y me doy moral tic porque esta vez seguro que le digo tac no me voy a acobardar tic le digo de una y ya tac y que ella mire a ver qué me responde tic lo importante es no quedarme callado como la última vez tac ni irme a sentic mal, por eso le voy a mirar las tetac y ya ella decidirá si tic o no. Jueputac cómo suena de fuertic ese reloj de miertac.
Una vez descubierto, el aparato le reveló las 10:24 a.m.,y con el acompasado golpe de las manecillas permaneció así, tratando de evocar las tetas de Ángela que se le deshicieron en la agobiante resonancia de aquel regalo de aniversario matrimonial. Afortunadamente, a veces una presencia bastaba para hacer desaparecer el tic tac, y esta era la de Elsy, su secretaria, que asomó el pescuezo por la puerta entreabierta y le preguntó imperativamente si podía seguir.
Cuando Osorio asintió, las derrengadas formas de Elsy se aproximaron hacia el escritorio. Elsy Cuartas era alta y encorvada, de nariz ganchuda, lentes pasados de moda y los brazos muy largos y torpes a los costados; sus tetas escurridas y su trasero nulo estaban cubiertos por un conjunto que parecía prestado, bisutería de rebaja y un perfume tan aromático que despertaba miradas de odio. Era solterona y aunque parecía estar en los tardíos cincuenta desde hacía un par de décadas, ahora debía de tener la edad que representaba.
“Qui’hubo Elsy.”
“Hola, doctor.”
“¿Se hizo algo en el pelo?”
“Está igual, doctor.”
“No, no me mienta –continuó Osorio malicioso–, algo se hizo; se le ve más elegante.”
El pelo de Elsy se arqueaba en volutas barrocas desde principio de los ochenta: nada podría haberse hecho en el pelo. Pero Osorio representó bien su papel y logró sonrojarla.Era su pequeño juego: avergonzar a su secretaria, aun desafiando la lógica con insinuaciones como aquella.
“Bueno, doctor. Déjese de cuentos y empecemos de una vez, que usted tiene mucho para hacer hoy –se repuso Elsy con la acostumbrada severidad. Se ajustó las gafas y le leyó los asuntos pendientes. “Problemas disciplinarios en la Planta de Dulces…”
“¿Qué pasó?”
“Esta mañana aparecieron grafitis con barras de chocolate en las paredes, en los techos, hasta en oficinas del Área Administrativa.
“¿Y qué dicen?”
“Declaraciones de amor a una de las niñas del restaurante.”
“¿Martha Yaneth? –especuló Osorio.
Un gesto de interrogación cruzó el rostro de la secretaria.
“Es la que está más buena” –explicó Osorio.
Elsy hizo un mohín indescifrable y rebuscó en su libreta de notas.
“¿Qué más hay?”
“Hay 687 solicitudes de vacaciones simultáneas.”
“Eso debe ser por el maldito robo de las fotocopiadoras. Voy a tener que hablar con Lozada, a ver si deja de joder –pensó Osorio en voz alta.
“Fonseca vino otra vez.”
Manuel Fonseca, del Departamento Jurídico, quería un aumento. Ya la Junta había dicho que sí, pero Osorio pensaba hacerlo sufrir hasta avanzada la semana entrante. Mientras tanto se hacía negar y le mandaba correos electrónicos poco esperanzadores, otro pequeño juego como el de hacer sonrojar a Elsy.
“No me lo vaya a pasar –ordenó Osorio.
“Pero doctor, vino muy bravo. Dijo que usted se le estaba escondiendo, que pusiera la cara.”
“No estoy, me fui, no he llegado, no sabe cuándo vuelvo, déjele el mensaje. Usted ya sabe cómo es, Elsy.”
La secretaria asintió y continuó:
“Las cotizaciones para la Fiesta de Aniversario…”
La fecha se acercaba peligrosamente y Osorio, que tenía una fuerte tendencia a aplazar las cosas, no había alquilado un sitio para celebrarla, ni contratado músicos, ni meseros, ni payasos para los hijos de los empleados. Lo mismo le había ocurrido hacía unos años y al final, cuando vio que iba a ser imposible cumplir, fue a hablar con la Junta y los convenció de que por los fracasos en las metas semestrales no valía la pena festejar. Pero el cuadragésimo aniversario no iban a perdonársela, y esa certeza tomó forma de frío en el estómago y sequedad en la boca.
“Mierda, Elsy, pida cotizaciones para el sitio y las empresas que nos hicieron la fiesta del año pasado, y me las pasa para que yo firme la autorización”.
“Doctor, en la fiesta del año pasado acuérdese que hubo una intoxicación masiva con lechona tolimense. Un montón de gente terminó en el hospital.”
“Cuénteles eso y dígales que si nos vuelven a intoxicar demandaremos.” Osorio, hombre capaz de despachar varios asuntos al tiempo, había venido echándole un vistazo a cartas y documentos por firmar, tal vez para tener algo más atractivo que su secretaria en qué posar los ojos. Cuando puso la última firma, se los entregó.
“¿Algo más?”
“Su hermana está de cumpleaños.”
“Mándele flores –ordenó Osorio mientras se ponía el saco y abría la puerta de su despacho. Él era un hombre de acción, no le gustaba aplastarse detrás de un escritorio, lo suyo era atender los asuntos personalmente, yendo a cada rincón de La Empresa. Además estaba el estúpido reloj...
“Ah, una cosa... –lo detuvo Elsy–, vino una muchacha a buscarlo esta mañana, antes de que usted llegara. No quiso esperarlo ni dejarme su nombre. Dijo que era un ‘asunto personal’.
Ángela, amiga íntima de su esposa y amante suya, vino a la mente de Osorio. Tuvo ganas de pensar que la visita había sido de ella, pero Ángela tenía suficientes años para no ser "una muchacha".
“Cuénteme una cosa, Elsy” –dijo Osorio mientras salía de su oficina.
“Dígame, doctor.”
“¿Qué tal estaba? ¿Estaba buena? –preguntó Osorio, y cerró la puerta tras de sí, sin escuchar el reproche débil,secretarial.
No tenía un plan diario de sus recorridos, pues dependía de los asuntos pendientes, los reportes matutinos de Elsy y las eventualidades.