Mario Vargas Llosa y Antonio García Ángel participaron en la conferencia de prensa que se llevó a cabo por el lanzamiento de “Recursos Humanos” en Madrid, España, el 12 de marzo de 2007.
Palabras de Antonio García Ángel
12 de marzo de 2007
Trabajar con Mario Vargas Llosa
Lo primero es que Mario ya había sido, sin él saberlo, maestro mío, a través de las lecturas que yo había hecho de su obra. Desde que leí a los catorce años la primera novela de Mario que llegó a mis manos, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, pues ya sentí que había algo en su obra que me hablaba.
Estaba encantado de ganar la beca, en particular, cuando supe que Mario era el maestro elegido para esta iniciativa. Y también había un elemento extra, las reflexiones de Mario sobre la literatura y su voluntad de enseñar. Ya había escrito libros como “La carta” o “El novelista” que tienen algo de eso. En este sentido, yo estaba muy motivado.
Descubrir la libertad artística
Cuando llené el cuestionario que mandaban, una de las preguntas era qué quería lograr al final de esta tutoría. Respondí que deseaba encontrar una voz personal, pulir un estilo en todo el sentido del término. Y creo que lo he logrado, en gran parte, gracias a que Mario, que siempre ha defendido la libertad en la literatura, sigue siendo un libertario. Me acuerdo de una vez que estábamos caminando por París. Yo había empezado a acumular mucho susto porque en esta novela hay un personaje que se rebela, faltando como treinta páginas para el final y eso, gramáticalmente, es un poco difícil. Entonces, le dije, ¿y si yo paso de eso y no lo hago...? Él me respondió, no, en literatura se puede hacer lo que se quiera, puedes hacer lo que te dé la gana, lo importante es que quede bien hecho. Y ahí me di cuenta y me sentí a salvo y sentí que tenía toda la libertad para hacer lo que se me antojaba. En efecto así lo hice y aproveché toda la ayuda y experiencia que él tuvo la bondad de poner al servicio de esta historia, a través de sus consejos.
Al mismo tiempo, le agradezco el tiempo que también dedicó a hacer cosas que de alguna manera estaban fuera del libreto, como invitarme a comer por ahí, ir a alguna exposición, ir al teatro. Había dos cosas lejanas para mí, que, en algún momento, perdí y, gracias a Mario me reconcilié con ellas. Una de ellas es el teatro, donde uno oye la palabra oral con tanta pasión. Me llevó a ver una obra de teatro en Londres. Eso fue como una actividad, como las que yo hacía en el colegio. Lo primero que empecé a escribir fueron adaptaciones de cuentos de Juan Rulfo, hechos como para teatro. Mi despertar literario fue ese.
Otra cosa que me pasó fue que, a partir de un momento, me fue imposible escribir si no era delante del ordenador, si no, no estaba predispuesto a escribir. Mario me decía, pues yo salgo por ahí, a un café y empiezo a escribir a mano. Y de pronto me dije, puedo hacerlo. Y ahora siento la libertad de que me surjan las palabras sin la necesidad de conectarme a ningún lado. Esto también se lo debo a Mario, entre todas las cosas que he aprendido.
Soy consciente de que la mejor manera de honrar la memoria de esta tutoría es brillar muy fuerte, pero con luz propia.