“La escritura y yo”
Qué representa la literatura para mí...
Expresar en unas cuantas líneas el posible alcance del acto de escribir, mi relación con las palabras y con los mundos que con ellas se construyen. Me pregunto si, en virtud de mi corta trayectoria y mi limitada experiencia, soy la persona adecuada para hablar del tema.
Preliminares
Para no extenderme demasiado, me detengo en Zola, en los naturalistas y los realistas, quienes representaban lo real en su lógica (si es que acaso hay una) y su funcionamiento, presentando un vivo retrato de la sociedad francesa de entonces. ¿Qué se lee en las páginas de “Germinal”? Deseo. El deseo de una imagen fiel de la vida en las minas francesas: plasmar las penas y las pocas alegrías de esos obreros cuyo destino estaba intrínsecamente vinculado al de la sociedad del carbón… Representar mediante la escritura un mundo binario, el de los pobres y el de los burgueses… En ese caos ideológico fecundo que existía en el siglo XIX, también estaban los parnasianos, quienes comunicaban la visión que tenían del arte, practicando una escritura que debía bastarse a sí misma, que debía limitarse a elogiar la belleza, nada más, sin preocuparse por un eventual impacto de la literatura en lo real. Después llegaron los simbolistas y su universo codificado, lo real por medio de signos, los dramaturgos del absurdo (Ionesco, Beckett, etc.), jugando precisamente con el lado absurdo de la vida y del cuestionamiento sobre el sentido que la vida puede tener… Siguiendo la misma idea, “El extranjero” de Camus coincidía, de una u otra forma, con las mismas observaciones sobre el carácter absurdo de las situaciones existenciales.
Conocí a estos autores y movimientos literarios en la escuela y a través de un viaje personal al mundo de los libros. Debo confesar cuán fascinado estaba con los autores del absurdo. A medida que leía, descubrí la diferente relación que tenían con la escritura. A través de las escenas cómicas y absurdas de Ionesco y Beckett, uno se preguntaba: ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Es necesario que tenga un sentido? ¿Qué es la literatura? ¿La vida y la escritura son solamente un camino que se debe transitar, una búsqueda de sentido en un viaje existencial? Para mí, escribir no es cuestionar el sentido de las cosas, sino descubrir mensajes más profundos -el sentido de esta vida, aquí y ahora, bajo un cruel sol tropical que hiere.
Fui descubriendo a esos autores y esas preguntas durante los años noventa, una década durante la cual África entraba en una nueva etapa de su historia, la democracia, en un contexto marcado por la caída del muro de Berlín y en medio de la tormenta de lo que se conocía como el “viento del Este”.
Fue un periodo crítico y violento, que vio crecer a una nueva generación de escritores, la generación de la rabia y la reivindicación. Pienso en el burkinabé Koulsy Lamko, en los togoleses, Kossi Efoui y Kangni Alem, o el beninés Camille Amouro. Son dramaturgos, autores de piezas para un teatro que representaba una expresión artística urgente, que gritaba el drama de la represión militar. Y sin embargo, encontraron la forma de dibujar los contornos de la sociedad de sus sueños: una sociedad de amor y justicia. Fue en esa época que comencé a escribir y a implicarme en el teatro (“La Boutique à Mélo”, “Cailcédrat”), con la intención de plasmar mi pequeñísima rabia y porque aún sentía en el vientre el aleteo de las ecuaciones y los interrogantes absurdos de Beckett…
El mundo a través de mis ojos
¿Cómo puedo concluir? Unas palabras tal vez: la escritura implica la confrontación con el mundo real de una memoria singular, la de uno mismo, la de una sociedad. Manifestar la relación que se tiene con el mundo, aunque la escritura, como diría Sartre, no tenga ningún peso frente a la intensidad del drama humano: “Frente a un niño que se muere de hambre, “La Náusea” no tiene ninguna importancia”. Y, en realidad, a menudo me apropio de ese sentimiento, ante el drama de la opresión militar que sufre el país en el que nací, que alimenta mi imaginación, ante el hambre que comprime y reseca los cuerpos en Darfur… Medir permanentemente la importancia y el alcance de lo que uno escribe… O, sencillamente, no medirlos. Me pregunto si es posible.
Lo que me interesa, más allá de la importancia eventual de la literatura con respecto a la complejidad del mundo real es, simplemente, narrar el mundo como lo veo y como quisiera que fuese. Plasmar los seres y las cosas como los percibe mi mirada y, también, como aparecen en mis sueños. Escribir, construir un universo, transformar una novela, una pieza de teatro, un ensayo, en una especie de arquitectura de algo real “existente” y “meditado” a la vez. También la arquitectura de mi propio Yo: decir, decirme (a mí mismo), escribir, escribirme (interrogar a mi propio yo, tratar de conocerlo). La literatura describe, pone personajes en escena, construye el decorado del campo o la ciudad aunque sea con cartones… Y, sin embargo, me pregunto si lo más importante no es dar a conocer mi relación particular con ese decorado, con ese espacio montado pieza tras pieza.
La combinación entre los lugares y la arquitectura
Dentro de la lógica de la construcción de una arquitectura, busco colocar correctamente uno por uno los diferentes componentes de mi edificio romanesco, organizando las ideas dispersas que podrían, finalmente, dar forma a un universo. Ideas, componentes, decorados y personajes inspirados, evidentemente, en mi propia experiencia, corta, limitada. Me refiero a mi trayectoria, nada fuera de lo común; el viaje de Lomé a París y de París a Québec de una persona procedente de una antigua colonia francesa. Un periodo de exilio que sondeo e interrogo a través de mi experiencia con la escritura. Mi universo es el resultado de mi paso por los diferentes lugares que he atravesado y llevo dentro de mí. Quizás escribir sea eso, narrar como Homero en “La Odisea” a Ítaca, la patria que Ulises llevaba consigo y dentro de sí en su travesía por los mares. Esa imagen viva de la patria que nunca se aleja de la memoria del personaje a pesar del paso de los años, del tiempo que ha pasado alejado de sus límites y de su sol. Hablar de los países, de los territorios que se va apropiando el protagonista a medida que va recorriéndolos y conociéndolos. Escribir, como lo hizo Homero, sobre el hogar y también —particularmente— sobre la Otra persona, Penélope, el ser amado que Ulises nunca logró olvidar. Es decir, plasmar sobre la hoja blanca los contornos, la geografía de las ciudades y los rostros que se cruzan por nuestro camino.
El libro de la tierra y el amor o el libro del amor y la tierra es “Nedjma” de Kateb Yacine. Me identifico con esa metodología, con ese arraigamiento a la tierra y los rostros. No pretendo dar cuentas sobre el mecanismo de construcción de mi imaginación, pero puedo intentar plasmar ese universo en la relación de tres lugares.
El lugar del sueño
Existe lo que llamo el lugar del sueño. Sueño en el sentido literario de la palabra, la proyección hacia un mundo que, en principio, no existe. En el espacio del sueño, mis personajes tendrían la posibilidad de cambiar su difícil día a día en un mundo más indulgente, más bondadoso, lo cual puede explicarse por el marco en el que se encuentran mis creaciones en general: bajo el sol del trópico, en un continente africano en el que predominan la miseria y la violencia. En mis primeros escritos, “Le Rameur et le vase d’honneur” o “Les Bottes du soleil”, puede verse claramente ese intento por construir a través del sueño de otra vida y de destinos inéditos. El personaje del primer texto sueña con encontrar un tesoro escondido, representado por ese hermoso jarrón, limpio y entero, cuando en realidad en medio del basurero, todo es feo y está sucio y roto. El segundo habla de esa mujer que sueña con el retorno de su enamorado, quien partió en combate a Indochina… El lugar del sueño, como una sobreimpresión sobre el mundo real para hacer posible el cambio, una posición optimista que permite al personaje seguir adelante y tener fe… ¿Qué es la literatura? Es un acto de fe. En el caso concreto de África, es simplemente un sueño de libertad, el deseo de llevar sus pasos más allá del teatro de la opresión. Es una posición, una opción poética mediante la cual crece el campo de la realidad, que penetra en el interior del mundo conocido y de otros espacios desconocidos, extraños. El sueño, la proyección, me permite realzar toda una extensión de posibilidades; el sueño acompaña una reflexión, una suposición: escribir, suponer que el mundo es tal vez así... o tal vez no. Creer que ha sido construido de otra forma… En función de un sueño.
El lugar de la niñez
Mi imaginación se alimenta, en segundo lugar, de la niñez. La infancia, la época de las primeras alegrías y las primeras penas, pero, sobre todo, una época en la que la vida tenía seguramente otro sentido, la mirábamos con ojos nuevos, llenos de curiosidad; los ojos de Sarraute, quien sintió la necesidad de cuestionar sus primeros arrebatos, sus primeras palabras, sus primeros actos y sus primeros deseos. Para un escritor, puede significar el cuestionamiento de su propia trayectoria, un viaje órfico a su lugar de nacimiento para encontrarse, o volver a encontrarse a sí mismo. Sin embargo, yo no he llegado a ese punto todavía. Aunque una parte importante de “Port-Mélo”, mi primera novela, trata sobre el lugar de la infancia, es más bien por un deseo de entender el presente del héroe, al confrontarlo con su niñez, que por un sentimiento de nostalgia. Mélo, el narrador, pensará frecuentemente en un retorno a la niñez, a fin de encontrar la inocencia perdida con el paso del tiempo en las ruinas de una ciudad violenta y cruel. Esta ciudad que describo, en donde los niños son dueños de su destino, despoja a los pequeños de su inocencia esencial. En mi imaginación, ese lugar brinda un fondo de líneas sencillas, sobre el cual se integra un presente más complejo, de líneas ensortijadas. En realidad, la infancia tendría que ser un periodo sobrio, tranquilo, que permitiera un tipo de narración lineal, que se va haciendo cada vez más compleja a medida que los personajes evolucionan en la historia, a medida que crecen y se alejan de su niñez, como en la obra de Camara Laye, autor de “El niño negro”. Siento que mi trabajo se identifica con ese esquema.
El lugar de la memoria
Finalmente, existe ese lugar que también llama mi atención: la memoria. ¿Acaso escribir no es plasmar parte de esa memoria, retomar los hechos, las historias, las fechas y las anécdotas propias del imaginario colectivo? La memoria es un conjunto, un campo inmenso, un edificio real e inventado, con ventanas que se abren hacia el pasado, el presente y el futuro -sobre un panorama, una perspectiva que combina lo actual, lo que existe y lo que ha existido. La memoria representa el patrimonio cultural y humano que yo no podría dejar de lado. Es un regalo y una carga a la vez, una gracia y una cruz. Escribir, manifestar esa gracia y esa cruz a la vez. Pero existe la posibilidad de elegir, de recuperar para la imaginación una parte, un fragmento de ese campo, cortar y dar forma nuevamente a un pedazo de ese patrimonio. ¿Fue eso lo que traté de hacer en “Port-Mélo”, a través de la imagen del muelle? Un muelle que tiene sus orígenes en la época de la colonización alemana y ha desempeñado una función esencial en la ruptura del aislamiento de mi ciudad natal y su apertura hacia el resto del mundo. Traté de construir una historia alrededor del muelle, lugar de recuerdos, los míos propios y los de todas las personas que viven bajo el mismo cielo, la historia de hombres y mujeres (¿extranjeros?) que tuvieron que atravesar el cielo de los trópicos. No se trata solamente de un proyecto de escritura personal y algo egoísta, siento que en el proceso aparece la búsqueda de arraigarse a unas raíces. En la memoria siempre reposa una tierra.
En conclusión
Mi imaginación se inspira en estos tres lugares y mi universo novelístico se compone de la superposición y fusión de los mismos. El pasado se introduce en el presente y el sueño y la relación poética en la mirada reflexiva. Lo que busco es hacer una composición a partir de las diferentes piezas de una historia. Y, sin embargo, es cierto que, a menudo, esas piezas, esa historia, escapan al creador. A mí también me sucede, como a esos personajes que se pasean por mi imaginación. Como un recuerdo o un pensamiento borroso que se evaporan en el tiempo. Como si fuese un cuerpo evanescente que quisiera abrazar. Entonces, me decido a seguirlos (a los personajes, decorados, recuerdos y cuerpos) sobre la hoja blanca, con el deseo de instalarlos en los lugares del sueño, la niñez y la memoria. Pero, obviamente, esos lugares sólo representan una parte de un conjunto de espacios (universos interiores o exteriores) a los cuales me veo confrontado a través de la escritura.
Edem