The Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative

Mentor Mario Vargas Llosa

Pienso que deben haber tantos caminos
como novelistas, lo importante es que él
encuentre su propio camino...”

2004/2005

Fragmentos de las obras de Mario Vargas Llosa

“Conversación en La Catedral”

1975

Popeye Arévalo había pasado la mañana en la playa de Miraflores. Miras por gusto la escalera, le decían las chicas del barrio, la Teté no va a venir. Y efectivamente, la Teté no fue a bañarse esa mañana. Defraudado, volvío a su casa de la Quebrada. Iba viendo la naricita, el cerquillos, los ojitos de Teté, y se emocionó: ¿Cuándo vas a hacerme caso, cuándo Teté? Llegó a su casa con los pelos rojizos todavía húmedos, ardiendo de insolación la cara llena de pecas. Encontró al senador esperándolo: ven pecoso, conversarían un rato. Se encerraron en el escritorio y el senador ¿siempre queriá estudiar arquitectura? Sí papá, claro que quería. Soló que el examen de ingreso era tan difícil, se presentaban montones y entraban poquísimos. Pero él chancaría fuerte, papá y a lo mejor ingresaba. El senador estaba contento de que hubiera terminado el colegio sin ningún curso jalado y desde fin de año era una madre con él, en enero la había aumentado la propina de una a dos libras. Pero aun así, Popeye no se esperaba tanto: bueno, pecoso, como era difícil ingresar a Arquitectura mejor no se arriesgaba este año, que se matriculara en los cursos de Pre y estudiara fuerte, y así el próximo año entrarás seguro: ¿qué le parecía, pecoso? Bestial, papá, la cara de Popeye se encendió más, sus ojos brillaron. Chancaría, se mataría estudiando y el año próximo seguro que ingresaba. Popeye había temido un verano fatal, sin baños de mar, sin matinés, sin fiestas, días y noches aguados por las matemáticas, la física y la química y, a pesar de tanto sacrificio, no ingresaré y habré perdido las vacaciones por las puras. Ahí estaban ahora, recobradas, la playa de Miraflores, las olas de la Herradura, la bahía de Ancón, y las imágenes eran tan reales, las plateas del Leuro, el Montecarlo y el Colina, tan bestiales, salones donde él y la Teté bailaban boleros, como las de una película en tecnicolor. ¿Estás contento?, dijo el senador, él contentísmo. Que buena gente es, pensaba, mientras iban al comedor, y el senador ese sí, pecoso, acabado el verano a romperse el alma ¿Se lo prometía?