The Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative

Mentor Mario Vargas Llosa

Pienso que deben haber tantos caminos
como novelistas, lo importante es que él
encuentre su propio camino...”

2004/2005

Una experiencia excepcional

En 2004, por primera vez en su vida, el destacado novelista peruano, Mario Vargas Llosa, aceptó ser Mentor de un joven escritor. Aquí describe su experiencia personal del año de tutoría y de lo que ha significado para él.

Cuando Rolex me propuso ser Mentor de un joven autor dentro de su Iniciativa Artística para Mentores y Discípulos, al principio me sentí reacio a aceptarlo. Aunque había enseñado literatura y pronunciado un sinnúmero de conferencias en mi trabajo como escritor de novelas, dos actividades que siempre encontré estimulantes, pensé que la tarea era mucho más delicada y dífícil. Después de todo, suponía nada menos que aconsejar o asesorar a un escritor en ciernes en su esfuerzo más íntimo: la elaboración de una novela. No obstante, acepté, motivado por el desafío de una experiencia totalmente diferente. Igualmente, intuí que sería probablemente un mayor aprendizaje para mí que para el discípulo. No me equivoqué.

Un comité compuesto por escritores y críticos seleccionó a tres candidatos susceptibles de convertirse en mis discípulos. Luego, se me dejó elegir al joven del que sería el mentor. Elegí al colombiano Antonio García Ángel. Al leer sus historias y conocerlo, sentí que mi experiencia podía ser más benéfica para él que para los otros dos jóvenes autores que me dieron la impresión de tener una mayor convicción, con ideas muy claras de lo que querían lograr como escritores.

Desde el principio mi intención era muy clara. De ninguna manera intentaría imponer mis ideas literarias o métodos de trabajo a mi discípulo. Más bien le ayudaría a descubrirse y a encontrar el enfoque que más se adaptara a su personalidad y aspiraciones literarias.

Pienso que la relación entre el mentor y el discípulo puede hacer surgir la creatividad sólo si existe una corriente recíproca de amistad y afinidad entre ambos, que fue el caso nuestro desde el comienzo. Nos entendimos estupendamente desde nuestra primera conversación en mi casa en Lima y nos divertimos compartiendo historias, rememorando, discutiendo sobre libros y autores que han tenido un impacto profundo en nosotros y confesando nuestros respectivos temores y autores favoritos en el campo literario.

Aunque he pasado más de 50 años escribiendo historias, entre novelas y piezas, el proceso a través del cual se crea la ficción continúa siendo un extraño y maravilloso misterio para mí. Lo que significa que jamás se trata de un producto donde sólo se utiliza la razón. Estoy convencido de que, incluso en el caso de escritores que ejercen un control conciente y racional en su creación literaria, hay factores espontáneos e irracionales que intervienen inevitablemente, a menudo decisivos en el momento de crear una novela o pieza de teatro. Digo esto porque siempre ha sido mi caso. Incluso para aquellas historias que aparentemente toman una forma muy clara en mi cabeza y parecen seguir un plan muy coherente, una vez que me encuentro ante el momento decisivo de escribir, la estructura organizada de forma tan concreta invariablemente experimenta profundos cambios, aquéllos que involuntariamente surgen de intuiciones o elementos fortuitos en el transcurso de mi trabajo y alteran el plan inicial, algunas veces sin que me dé cuenta o sin tener la posibilidad de evitarlos.

Tal vez la parte más importante del año que pasé trabajando con Antonio García Ángel, mirándole escribir la magnifica novela que se convirtió en “Recursos Humanos” fue seguir paso a paso este progreso lleno de sorpresas, de aspectos inesperados y de descubrimientos que forman parte de la ficción. En los 12 meses pasamos muchas semanas juntos, en diferentes ciudades: Lima, Londres, París, Madrid. El resto del tiempo nos comunicábamos, una vez por semana, ya sea por teléfono o a través de cartas en las que comentaba los textos o ideas que me enviaba. Puedo decir verdaderamente que he sido un testigo privilegiado de la gestación completa de esta novela, desde las primeras semillas que plantó durante nuestro encuentro inicial hasta la versión terminada del manuscrito.

Fue una experiencia fascinante. Su idea inicial era simple, original y divertida. Una confusión burocrática en una gran empresa, durante uno de esos procesos de reestructuración, deja a un empleado de un grado inferior fuera de la plantilla de la compañía, olvidado por todas las divisiones y secciones. Sin embargo, sigue recibiendo un salario, tiene su oficina, situación que pasa por alto a sus jefes y colegas. Este fantasma, si puede llamarse así, en exilio en su propia compañía, comienza a llevar una existencia parásita y casi invisible, yendo al trabajo sin falta cada día, sin nada que hacer y pasando el tiempo con actividades cada vez más personales y sin sentido. Por un lado, la historia desbordaba de humor y estaba adornada con toques absurdos. Por otro lado, era una dura y cómica crítica de la burocracia y sus deformaciones y de la creciente regimentación y crueldad de la sociedad industrial posmoderna.

Antonio tiene un don para imaginar situaciones absurdas y expresarse no sólo con pocas palabras sino también con generosas dosis de ingenio e ironía. Sin embargo, era un poco desorganizado y con tendencia a escribir cuando se sentía inspirado. Le aconsejé que trabajara de forma más disciplinada y sistemática, comenzando por un esbozo general de la historia y definiendo de qué manera este plan podría convertirse en secciones, episodios y capítulos. Naturalmente, dicho plan no tenía que ser definitivo. Al contrario, él podría cambiarlo cuando lo deseara y a su conveniencia. Constituía una ayuda para seguir adelante y encontrar el centro de la narrativa alrededor de la cual se organiza la historia. Lo hizo, hasta que tuvo un plan casi completo de la novela. Antes de empezar a escribir, tuvimos largas conversaciones al respecto. Para mí, existen dos aspectos claves que un autor debe resolver al escribir una novela: la narrativa – quién es o quiénes son los narradores – y la organización de la duración y época de la narración, un dispositivo literario tan importante como la intervención del narrador en la narración. Cada semana, Antonio me envíaba lo que tenía escrito, basado en su plan que contenía, en términos generales, la historia que quería contar.

Al cabo de unas semanas inmerso en la historia, me di cuenta, sin que ni siquiera Antonio se percatara completamente de ello, de que un segundo personaje de su historia, otro empleado de la compañía, que comenzó como un simple relleno, empezaba a tomar forma, y que sus altibajos, picardía y lenguaje malhablado, su vida sexual complicada y su situación doméstica comenzaban a eclipsar las experiencias del personaje principal. Hasta el punto de desplazar al protagonista y convertirse en el corazón de la historia. No es que el empleado fantasma haya desaparecido, sino que su importancia disminuyó, como un telón de fondo que otorga al primer plano realista de la novela una dimensión excéntrica, absurda, delirante y casi fantástica. Digo casi porque, en el análisis final, contrariamente a la intención inicial de Antonio, su novela no es precisamente lo que podría llamarse “fantástica”. De la misma forma que no es realista, en el sentido propio de la palabra, como cuando una historia surge para reproducir fielmente la realidad diaria que conocemos a través de la experiencia. La verdad es que “Recursos Humanos” se lleva a cabo en una realidad compleja, multifacética, anclada en un contexto familiar, en experiencias cotidianas, pero interrumpidas con eventos y personajes poco comunes y acontecimientos extravagantes, que a veces rozan lo fantástico a causa de giros y vuelcos inesperados y un humor exagerado. Este tipo de realismo, impregnado de imaginación y humor, justifica el atractivo principal y la originalidad del libro.

Lima, mayo de 2007